sábado, 7 de mayo de 2016

PANDORA O LA INVENCION DE LA MUJER



Llegados a este punto, cabría pensar que la historia ha concluido. Pero no es así. Comienza el tercer acto. Está claro que los hombres poseen la civilización, pues Prometeo les ha entregado todas las técnicas. Antes de su intervención, vivían en grutas como las hormigas, miraban sin ver, escuchaban sin oír, no poseían nada; pero después, gracias a él, se han convertido en seres civilizados, diferentes de los animales y de los dioses. Pero la lucha de astucias entre Zeus y Prometeo no ha terminado. Zeus ha ocultado el fuego, Prometeo se lo ha robado; Zeus ha ocultado el trigo, los hombres trabajan para ganarse su pan. Pero Zeus todavía no está satisfecho, considera que la derrota de su adversario no es total. Partiéndose de risa, como es su costumbre, idea una nueva contrariedad para fastidiarlo. Tercer acto.
Zeus convoca a Hefesto, Atenea, Afrodita y algunas deidades menores, como las Horas. Ordena a Hefesto que moje arcilla con agua y modele una especie de maniquí con rostro de parthénos, de mujer, o, más exactamente, de doncella, de mujer núbil, todavía soltera. Así pues, Hefesto modela una especie de maniquí, de estatua, con las facciones agraciadas de una hermosa joven. 
A continuación le corresponde a Hermes darle vida y conferirle la fuerza y la voz de un ser humano, así como otros detalles que se mencionarán a medida que avance el relato. Zeus pide entonces a Atenea y Afrodita que la vistan y resalten su belleza con el resplandor de los atavíos asociados al cuerpo femenino, los ornamentos, las joyas, los ceñidores y las diademas. Atenea le da una apariencia tan soberbia, brillante y luminosa como la del blanco lardo que rodeaba los huesos en el primer acto de este relato. La belleza de la joven reluce en todo su esplendor. Hefesto coloca sobre su cabeza una diadema que sujeta un velo de novia. La diadema está adornada con una decoración animal en la que se representan todas las bestias que pueblan el mundo, los pájaros, los peces, los tigres y los leones. La frente de la muchacha deslumbra con la vitalidad de todos los animales. Es un espectáculo espléndido, tkaüma idesthaí, una maravilla que deja transido de estupor y completamente enamorado.
Allí está la primera mujer, delante de los dioses y los hombres, todavía reunidos. Es un maniquí fabricado, pero no a imagen y semejanza de una mujer, ya que todavía no existe ninguna. Es la primera mujer, el arquetipo de la mujer. Lo femenino ya existía, porque existían las diosas. Este ser femenino ha sido modelado como una parthénos, a imagen y semejanza de las diosas inmortales. Los dioses han creado un ser de tierra y agua, al que han dotado del vigor, sthénos, y la voz, phoné, de un ser humano. Pero Hermes pone también en su boca unas palabras falaces, la dota de una mente de perra y de un temperamento de ladrón. Este maniquí, que es la primera mujer, del que ha salido toda la «raza de las mujeres», se presenta, como las partes del sacrificio o el hinojo, con un exterior engañoso. No es posible contemplarlo sin sentirse extasiado y hechizado. Posee la belleza de las diosas inmortales y su apariencia es divina. Hesíodo lo dice claramente: quedas deslumbrado. Su belleza, realzada por las joyas, la diadema, el traje y el velo, es hechicera. De ella se desprende la cháris, una gracia infinita, un resplandor que sumerge y domina al que la ve. Su cháris es infinita y múltiple, pollé cháris. Hombres y dioses caen rendidos a su encanto. Pero su interior esconde otra cosa, Su voz le permitirá convertirse en la compañera del hombre, ser su doble humano. Conversarán. Pero no se ha dado la palabra a la mujer para decir la verdad y expresar sus sentimientos, sino para mentir y ocultar sus emociones.
Está claro que de la descendencia de la Noche nacieron todos los males, la muerte, las matanzas y las Erinias, pero también ciertos entes que cabría traducir como «palabras falaces o seductoras», «unión o ternura amorosa». Ahora bien, desde su nacimiento, Afrodita también va acompañada de palabras falaces y atracción amorosa. Lo más tenebroso y lo más luminoso, lo que resplandece de felicidad y la más sombría lucha se juntan y toman la forma de esos embustes, de esa seducción amorosa. Fijémonos, por ejemplo, en Pandora, luminosa a la manera de Afrodita y semejante a una criatura de la Noche, hecha de mentiras y de coqueterías. Zeus no crea esa parthénos para los dioses, sino exclusivamente para los mortales. De la misma manera que se había librado de la discordia y la violencia enviándoselas a los mortales, Zeus les destina esa figura femenina.
Prometeo se siente vencido de nuevo. Comprende inmediatamente la desgracia que le espera al pobre género humano al que intenta favorecer. Como su nombre indica, Prometeo es el que comprende de antemano, el que prevé, mientras que su hermano, que se llama Epimeteo, es el que comprende todo cuando ya ha ocurrido, epí, demasiado tarde, aquel al que siempre se la dan con queso y está permanentemente decepcionado, que no ha previsto nunca nada. Nosotros, pobres y desdichados mortales, somos siempre y simultáneamente prometeicos y epimeteicos, podemos prever, hacer planes, y, las más de las veces, el curso de las cosas es contrario a nuestras expectativas, nos sorprende y nos pilla indefensos. Pues bien, Prometeo comprende lo que va a ocurrir y avisa a su hermano diciéndole: «Escúchame, Epimeteo, si alguna vez los dioses te mandan un regalo, es muy importante que no lo aceptes y lo devuelvas al lugar de donde ha venido.» Evidentemente, Epimeteo jura que no lo aceptará. Pero he aquí que los dioses le mandan el ser más encantador imaginable. Tiene ante sí a Pandora, el regalo de los dioses a los humanos. Llama a su puerta y Epimeteo, maravillado y deslumbrado, se la abre de par en par y la deja meterse en su morada. A la mañana siguiente, está casado y Pandora se ha instalado como esposa entre los humanos. Así comienzan todas las desdichas de éstos.
Ahora la humanidad es doble, ya no está constituida únicamente por seres de sexo masculino. La componen dos sexos diferentes, ambos necesarios para la reproducción humana. A partir del momento en que la mujer ha sido creada por los dioses, los hombres ya no surgen por generación espontánea, sino que nacen de las mujeres. Para reproducirse, los mortales tienen que aparearse, y eso desencadena un movimiento en el tiempo que es diferente.
¿Por qué, según los relatos griegos, Pandora, la primera mujer, tiene un corazón de perra y un temperamento de ladrón? Es algo que guarda relación con los dos primeros actos de este relato. Los hombres ya no disponen del trigo y el fuego como antes, con absoluta naturalidad, sin ningún esfuerzo y en todo momento. A partir de ahora el trabajo forma parte de la existencia; los hombres llevan una vida difícil, parca y precaria. Tienen que limitarse constantemente. El campesino dobla el espinazo sobre su campo a cambio de una escasa cosecha. Los hombres jamás disponen de suficientes bienes; necesitan, por tanto, ser austeros y prudentes para no gastar más de lo necesario. Ahora bien, Pandora, al igual que todo el genos, toda la «raza» de seres femeninos que han salido de ella posee, precisamente, la característica de mostrarse siempre insatisfecha, reivindicativa e incontinente. No se conforma con lo que hay, pues siempre es poco para ella. Quiere sentirse ahíta y colmada. Es lo que expresa el relato al precisar que Hermes le ha dado un «espíritu de perra». Su condición de perra es de dos tipos. En primer lugar, de tipo alimenticio. Pandora posee un apetito voraz, jamás se harta de comer, tiene que estar siempre sentada a la mesa. Es posible que conserve el vago recuerdo o el sueño de aquella época bendita de la edad de oro en Mecone, cuando, en efecto, los humanos estaban siempre a la mesa sin tener que hacer nada. En cualquier hogar donde haya una mujer reina un hambre insaciable, un hambre voraz. En este sentido, la situación es semejante a lo que ocurre en las colmenas. Por una parte, están las abejas obreras, que, desde primera hora de la mañana, vuelan por los campos, se posan en las flores y liban el néctar, que transportan a su colmena. Por otra parte, están los zánganos, que jamás abandonan la colmena y nunca están ahítos. Consumen toda la miel que las obreras han ido depositando pacientemente. Lo mismo ocurre en las casas de los humanos; por una parte están los hombres, que sudan en los campos, doblan el espinazo para abrir los surcos, vigilar y después recoger el grano, y, por otra parte, en el interior del hogar, están las mujeres, que, al igual que los zánganos, engullen la cosecha.
No sólo engullen y agotan todas las reservas, sino que la razón principal por la que una mujer intenta seducir a un hombre es conseguir el dominio sobre la provisión de alimentos, ser su dueña. “Con la habilidad de sus frases seductoras, de su espíritu embustero, de sus sonrisas y de su «grupa emperifollada», como escribe Hesíodo, la mujer baila ante el joven soltero la danza de la seducción porque, en realidad, mira de reojo el granero. Y todos los hombres, como hizo en primer lugar Epimeteo, deslumbrados y maravillados por esas apariencias, se dejan seducir.
No sólo las mujeres tienen un ansia de alimentos que arruina la salud de sus maridos, porque jamás llevan suficiente comida al hogar, sino que, además, tienen un apetito sexual especialmente devorador. Clitemnestra, u otras esposas bien conocidas por haber engañado a sus maridos, dicen sin ambages que han sido la perra que cuida de la casa. Está claro que hay que entender ese temperamento de perra en su sentido sexual.
Las mujeres, incluso las mejores, las que poseen un carácter mesurado, tienen una característica especial, según los griegos: al haber sido hechas con arcilla y agua, su temperamento pertenece al universo húmedo. Mientras que los hombres poseen un temperamento más emparentado con lo seco, lo cálido, lo ígneo.
En determinadas estaciones, en especial en la que se llama la canícula, la estación del perro, es decir, cuando Sirio, el Perro, es visible en el cielo, muy cerca de la tierra, cuando el sol y la tierra están en conjunción, cuando hace un calor atroz, los hombres se agotan de lo secos y débiles que están. Las mujeres, por el contrario, gracias a su humedad, se esponjan. Exigen de su esposo unas atenciones maritales que los dejan exhaustos.
Prometeo, al urdir la treta que consistía en robar el fuego a Zeus, provoca una respuesta encarnada por la mujer, sinónimo de fuego rapaz, que Zeus ha creado para trastornar a los hombres. En efecto, la mujer, la esposa, es un fuego que abrasa continuamente a su marido, día tras día, que le reseca y envejece antes de tiempo. “Pandora es un fuego que Zeus introduce en el hogar y abrasa a los hombres sin mostrar ninguna llama. El envío del fuego ladrón es la respuesta al robo del fuego. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Si realmente la mujer sólo fuera ese espíritu de perra, esa embustera que sólo mira el granero con «grupa emperifollada» y mata a sus maridos envejeciéndolos antes de tiempo, éstos habrían intentado, sin duda, prescindir de sus esposas. Pero también en este caso se oponen lo interior y lo exterior. La mujer, por su voracidad, su animalidad y su apetito sexual, es una gastér, una panza, un vientre. Representa, en cierto modo, lo que tiene de animal la especie humana, su componente de bestialidad. En tanto que gastér, almacena todas las riquezas de su marido. Cuando Prometeo ocultó la parte de alimento que reservaba a los hombres en la gastér del buey, no se imaginaba las consecuencias de su acción. También en este aspecto es víctima de su propia astucia. A partir de entonces se presenta el siguiente dilema: si un hombre se casa, su vida será seguramente un infierno, a menos de tropezar con una esposa excepcional, cosa que no es corriente. Así pues, la vida conyugal es un infierno y los males se multiplican. En cambio, si el hombre no se casa, podrá tener una vida feliz, nadará en la abundancia, jamás carecerá de nada, pero en el momento de morir, ¿a quién corresponderá el patrimonio que haya acumulado? Se dispersará e irá a manos de parientes colaterales por los que no siente ningún afecto especial. Si se casa, desencadena una catástrofe, y si no, también.
La mujer es doble. Es la barriga, el vientre que engulle todo lo que su marido ha recogido penosamente a cambio de su esfuerzo, su trabajo y su fatiga, pero ese vientre también es el único capaz de producir lo que prolonga la vida de un hombre, un hijo.  El vientre de la mujer aparece, contradictoriamente, como la parte tenebrosa de la vida humana, la que conduce a su agotamiento, pero también como la parte de Afrodita, la que aporta nuevos nacimientos. La esposa encarna la voracidad que destruye y la fecundidad que produce. Resume todas las contradicciones de nuestra experiencia. Al igual que el fuego, es a un tiempo la personificación de lo específicamente humano, porque sólo los hombres se casan. El matrimonio distingue a los hombres de las bestias, que se aparean como si comieran, al azar de los encuentros, de cualquier manera. Así pues, la mujer es símbolo de una vida civilizada; no hay que olvidar que ha sido creada a imagen y semejanza de las diosas inmortales. Cuando se mira a una mujer, se ve a Afrodita, Hera o Atenea. Es, en cierto modo, la presencia de lo divino en esta tierra, por su belleza, su seducción y su cháris. La mujer conjuga lo más vil y lo más elevado de la vida humana. Oscila entre los dioses y las bestias, que es lo propio de la humanidad.

EL TIEMPO QUE PASA

Volvamos a la historia de una manera más anecdótica. Pandora ha entrado en el hogar de Epimeteo y se convierte en la primera esposa humana. Zeus le susurra al oído lo que debe hacer. En casa de Epimeteo, al igual que en la de cualquier agricultor griego, hay muchas vasijas, y, entre ellas, una muy grande, oculta, que no debe ser tocada. ¿De dónde procede? Se dice que la han traído unos Sátiros, pero no es verdad. Un día, cuando su marido ha salido, Zeus susurra al oído de Pandora que destape esa vasija sin más espera y después coloque de nuevo la tapadera. Y es lo que hace. Se acerca a las vasijas, muy numerosas. Algunas contienen vino, otras trigo o aceite, todas las reservas alimenticias están guardadas allí. Pandora levanta la tapa de la vasija oculta y, al cabo de un instante, todos los males, todas las cosas perjudiciales, se esparcen por el universo. En el momento en que Pandora vuelve a colocar la tapadera, sigue todavía en el interior Elpís, Esperanza, la espera de lo que va a ocurrir, que no ha tenido tiempo de salir de la vasija.


Así pues, la presencia de los males en el mundo se debe a Pandora. Es justamente su presencia lo que personifica todos los males, y ahora la vasija abierta ha contribuido a multiplicarlos. ¿Qué males son esos? Los hay a miríadas: la fatiga, las enfermedades, la muerte, los accidentes. Las desgracias son increíblemente móviles, se mueven incesantemente, van de un lado para otro, jamás están quietas. No son visibles y carecen de forma, son inaudibles, al contrario que Pandora, deliciosamente visible y agradable de oír. Zeus no ha querido que esos males tengan una figura y una voz para que los hombres no puedan prevenirse contra ellos ni alejarlos. Los males que los hombres intentarían evitar, porque saben que son detestables, siguen agazapados, invisibles e indiscernibles. El mal que se ve y se oye, la mujer, camuflada por la seducción de su belleza, su dulzura y su conversación, atrae y seduce en lugar de asustar. Una de las características de la existencia humana es la disociación entre las apariencias de lo que se deja ver y se deja oír, y las realidades. Tal es la condición de los hombres que Zeus ha maquinado en respuesta a las astucias de Prometeo.
Éste no sale del paso demasiado bien, porque Zeus lo inmoviliza entre el cielo y la tierra, a media altura de una montaña, de una columna, donde lo encadena. Prometeo, que había entregado a los humanos ese alimento mortal llamado carne, sirve ahora de alimento al pájaro de Zeus, al águila portadora de su rayo, mensajera de su poder invencible. Prometeo acaba convirtiéndose en la víctima, el pedazo de comida cortado de su propia carne. Todos los días, el águila de Zeus devora por completo su hígado, sin dejar nada. Durante la noche, el hígado se recupera. Día tras día el águila se nutre de la carne de Prometeo, y noche tras noche ésta se recompone para que el águila encuentre cada mañana su pitanza intacta. Así seguirán hasta el momento en que Heracles libere a Prometeo con el consentimiento de Zeus. Prometeo recibe la inmortalidad a cambio de la muerte del Centauro Quirón. Este, héroe civilizador que ha enseñado a Aquiles, y a tantos otros, a ser héroes perfectos, ha sido herido y sufre; pero su herida es incurable, y, aunque lo desea, no puede morir. Se ha producido, por tanto, un intercambio. Quirón ha recibido la muerte y su inmortalidad ha pasado a Prometeo. Uno y otro han sido liberados.
Prometeo es castigado allí donde ha pecado. Ha querido ofrecer a los mortales la carne, y especialmente el hígado, que representa un bocado excepcional en el animal sacrificado, ya que ésta es la parte que los dioses prefieren de cualquier sacrificio. Prometeo, a su vez, a través de su hígado, se convierte en el alimento predilecto del águila de Zeus. Este águila es un símbolo del rayo divino, es el portafuegos de Zeus, el Fulmíneo. En cierto modo, el fuego robado por el Titán regresa sobre el hígado para llevarse una parte del festín renovado constantemente.
Existe, además, otro detalle que no carece de significado. Prometeo es un ser ambiguo, su lugar en el mundo divino no está claro. La historia de este hígado que es devorado todos los días y se regenera durante la noche muestra que existen, por lo menos, tres tipos de tiempo y de vitalidad. Existe el tiempo de los dioses, la eternidad en la que nada ocurre, todo está ya fijo, nada desaparece. Existe el tiempo de los hombres, que es un tiempo lineal, pues corre siempre en el mismo sentido: se nace, se crece, se llega a adulto, se envejece y se muere. Todos los seres vivos están sometidos a él. Como dice Platón, es un tiempo que corre en línea recta. Existe, finalmente, un tercer tiempo en el que hace pensar el hígado de Prometeo, el cual es circular o tiene forma de zigzag.
Explica una existencia semejante a la luna, por ejemplo, que crece y perece para renacer a continuación, de manera indefinida. Este tiempo prometeico es parecido a los movimientos de los astros, es decir, a esos movimientos circulares que se inscriben en el tiempo y permiten medirlo. No es la eternidad de los dioses, ni tampoco el tiempo terrestre, el tiempo mortal, que siempre avanza en el mismo sentido. Es un tiempo del que los filósofos podrán decir que es la imagen móvil de la eternidad inmóvil. El personaje de Prometeo también se extiende, al igual que su hígado, entre el tiempo lineal de los humanos y el tiempo eterno de los dioses. Su función de mediador aparece muy claramente en esta leyenda. Está situado, además, entre cielo y tierra, a media altura de una columna, entre dos extremos. Representa la bisagra entre la época, muy lejana, en que, en un cosmos organizado, todavía no existía el tiempo, los dioses y los hombres estaban mezclados y la no-muerte, la inmortalidad, reinaba, y la época de los mortales, separados a partir de aquel momento de los dioses, sometidos a la muerte y al tiempo que pasa. El hígado de Prometeo está hecho a imagen y semejanza de los astros; es semejante a lo que da ritmo y medida a la eternidad divina y desempeña, de ese modo, un papel de mediador entre el mundo divino y el humano.

0 comentarios: