viernes, 27 de marzo de 2015

HISTORIA DEL CALLEJÓN DE LA CONDESA (LEYENDA DE GUANAJUATO)

La ciudad de Guanajuato afianzó su máximo esplendor estético e histórico en el siglo XVIII. Decimos así, por que fue entonces cuando acontecieron hechos extraordinarios que le han dado la fama universal que desde entonces disfruta.
El relato a que nos referimos puede situarse a mediados de la citada centuria y se refiere,  aunque indirectamente, a uno de los personajes que más lustre y prosapia dieron   a esta tierra: Don Antonio de Obregón y Alcocer, quien alcanzó de la gracia real los títulos de Vizconde de la Mina y Conde de la Valenciana.
Es tradicional en esta ciudad de Guanajuato que de una de la casas que ocupó el nombre caballero es la que se halla al lado del viejo Palacio de Gobierno. 
La finca, digna de esa gloria por todos conceptos, fue edificada por el célebre arquitecto, pintor y grabador celayense don Eduardo Tresguerras, de cuyo prestigio que dan notables monumentos del arte neoclásico que se hallan aquí y en otras poblaciones. 
Cuéntese que en esta mansión vivieron el primer Conde don Diego de Rul, al contraer matrimonio con la no menos noble  y linajuda Condesa de Valenciana, doña María Ignacia  de Obregón de la Barrera.
Cuéntese que en esta mansión vivieron el primer Conde  don Diego de Rul, al contraer matrimonio con la no menos noble y linajuda Condesa de Valenciana, doña María Ignacia  de Obregón de la Barrera. Es oportuno e importante para el lector, señalar que ese palacio es la obra más bella de México en su estilo. Su fachada en perfecto equilibrio de vanos, corresponde a un patio sorprendente por su elegancia. La escalera es señorial y trazada de maravilla. Las habitaciones espaciosas con techos en trapecio, y la capilla familiar lleva inclusive una cúpula armoniosa.
El ilustre Conde ostentó este título nobiliario en el año de 1804, e inicialmente se estableció en la que era entonces Villa de Salamanca, provincia de Guanajuato, dedicándose a modestos negocios de comercio, pero hombre de visión, de mucha audacia, logró relacionarse con personas acaudaladas de la aristocracia criolla, logrando la  alta distinción a la que nos referimos anteriormente.
Por si esto no fuera bastante, también logró notoriedad, al combatir a las órdenes de General don Felix María Calleja del Rey.
Ese uniforme y esa bien ganada fama de temerario fueron muy bien aprovechados por don Diego, pero en otro terreno distinto: el de las aventuras amorosas, que más de un a vez dejaron mal parado, su reputación de noble caballero.
En estas andanzas fue cuando conoció a la delicada y gentil dama, cuyo nombre consignamos al principio del relato, hija de don Antonio de Obregón  y Alcocer y doña María Guadalupe Barrera y Torrescano.
Si por una parte hacemos notar, su inconstancia en las lides del amor, por otra hay que acentuar que ésta ni fue para él una aventura, sino que acabó por enamorarse perdidamente  de la distinguida bella y doncella.
Sin embargo,  consumada la boda, su inquieto natural se reveló otra vez  en los lances amorosos provocando lo que siempre ocurre en estos casos: que la cónyuge, o sufre pacientemente las consecuencias  o viene el rompimiento.
La dama obediente y sumisa, optó por encerrarse en su casa, ante la vergüenza  que la conducta de su esposo arrojaba sobre ella. A fin de evitar las miradas curiosas evitó salir por la puerta principal de la mansión, prefiriendo hacerlo por la puerta posterior de la finca, o sea por ese callejoncito al que la posterioridad dio con afecto su nombre, es decir el callejón de la Condesa. 



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