lunes, 29 de septiembre de 2014

ORIGENES DE LOS CELTAS

¿De dónde surgieron?

Adentrarnos en la misteriosa cultura celta, como dijimos, nos llevará a un mundo mágico; por momentos, neblinoso; otras veces, claramente salvaje y primitivo. Nuestro punto de partida será el período en el cual esta cultura empieza a «sentirse» en la historia.
Hacia el año 600 a. C, los griegos refirieron datos de un pueblo que, según sus geógrafos, ocupaba territorios que iban desde la Península Ibérica hasta los confines orientales de Europa. Los llamaron Keltoi, forma plural de la que deriva el término celtas. Paradójicamente, ellos nunca se denominaron a sí mismos de esta manera.
Los orígenes proto-celtas son intrincados y los datos escasos. Esos orígenes serían, en principio, diversos, porque según algunas fuentes los primigenios celtas habrían comenzado a expandirse huyendo del empuje de pueblos del este de Europa, y se habrían esparcido hacia la Galia, Gran Bretaña, Irlanda, Gales, España, Italia del norte, Suiza, parte de Bélgica y Holanda.
La tradición proto-celta, netamente oral, sostiene por su parte que el tronco original, del cual surgieron las ramas posteriores, es la antigua Erin (La Isla Esmeralda; hoy Eire), extendiéndose rápidamente hacia las Islas Británicas y el continente.
Particularmente creo en un doble movimiento, a saber:

  • De ida: La multitud de pueblos que conforman los llamados celtas que poblaron Europa proceden del este del continente y comienzan su movimiento hacia el centro y oeste empujados por los germanos. Estos pueblos se expanden por suelo europeo, donde se establecen sobre las distintas poblaciones existentes. Ese sustrato indígena ejerce sobre ellos una importante influencia, que contribuye a moldear el carácter regionalista de las culturas resultantes. Es dable pensar que, justamente, ese sustrato es el que logró afincar a estos nómadas que recorrían Europa desde la Bohemia hasta España. Como producto de este mestizaje, surgieron «naciones» de notable diversidad. Este proceso de «celtización» llevaba consigo un elemento helenístico, incorporado a esos nómadas en una fecha muy antigua. Este contacto se había producido por la ruta de los Balcanes, por el valle del Danubio y por las rutas del Ródano. Como esta influencia fue profunda, se mantuvo, de manera que permite encontrar particularidades comunes entre las diversas tribus celtas.
  • De vuelta: Se produce un movimiento regresivo desde Irlanda hacia el continente. En él prima una influencia cultural cuyo rasgo principal podría llamarse «shamánico», y como tal, absolutamente consustanciado con la naturaleza y sus fenómenos. Esa concepción implica una percepción del mundo muy particular y ecléctica. El druidismo, como veremos, parece haber nacido entre los celtas insulares, para luego asentarse en la Galia.




¿Cuáles fueron sus asentamientos?

Las tribus celtas, como dijimos, adquirían particularidades determinadas por el sustrato que iban encontrando en los pueblos indígenas. Por ejemplo, en el norte de España (Galicia), primó el elemento exógeno sobre el local. Más allá de su original expansión por toda Europa, a la luz de su peso cultural veamos tres localizaciones básicas.

  1. Galicia. Los llamados celtíberos fueron una conjunción en la cual lo celta fue dominante. En concordancia con esas particularidades distintivas, la organización social no fue idéntica en todos lados. En España, al parecer, no hubo monarquía como en otros asentamientos celtas, y el poder pertenecía a una suerte de asambleas populares. En tiempos de paz, los asuntos eran tratados por un consejo de ancianos. En caso de crisis o de emergencia bélica, se recurría a jefes elegidos con ca rácter temporal. Estas tribus vivían en la mayoría de los casos de la cría de ganado, tal cual se practica aún hoy en los pueblos de montaña. Pero como no eran sólo pastoriles, sobresalían como todo pueblo guerrero en el trabajo de los metales. Es importante aclarar que fueron estas poblaciones montañesas las que resistieron con todas sus fuerzas la invasión romana, haciendo casi imposible su romanización. Al día de hoy, Galicia es uno de los lugares que más elementos celtas conserva en su cultura, equiparable a Irlanda y al País de Gales.
  2. Galia. Allí, César encontró lo que llamó «las tres partes del mundo Galo»: la Aquinia, la Céltica y la Bélgica. Y es en esa Galia céltica donde más se evidencia la relación con el mundo helenístico; por ejemplo, en el hallazgo de monedas macedónicas. Estos signos metálicos de la relación celta con los reinos macedonios provenían de botines de pillaje, de tributos impuestos a los reyes para comprar la paz, de sueldos percibidos por los celtas como mercenarios. En Galia, la estructura social es impuesta por los invasores celtas. Al producir éstos un aumento demográfico, hacen que se intensifiquen las relaciones económicas entre los diversos asentamientos. Además de lazos económicos, estos primeros pueblos tenían en común una literatura oral, largas epopeyas que cantaban aventuras de dioses y héroes que llegan a nosotros a través de relatos celtas insulares. A diferencia de España, en Galia el druidismo estaba extendido y constituía la unidad espiritual de los celtas galos. Algunos apoyan la teoría del origen británico de los druidas (antes de extendernos sobre ellos: una suerte de sacerdotes magos y jueces), como supervivientes de un antiguo sacerdocio pre-celta. Mientras de ninguna manera se podría afirmar que los druidas integraron una casta sacerdotal en la Galia celta, sí es indudable que fueron los artífices de su unidad. El archidruida, según César, era allí el jefe supremo. Había, además, una asamblea de jefes de las diferentes tribus. Pero alrededor del siglo III, la realeza parece haber sido el régimen político habitual. Luego fue progresivamente sustituido por un gobierno de nobles, favorecido por la designación anual de un magistrado supremo único, un rey del año. En otro tiempo, el rey había sido el jefe del clan más poderoso. Luego los jefes de clan se turnarían un año en el poder, ya que la Galia céltica se componía de clanes yuxtapuestos y esta alternancia evitaba competencias internas.
  3. Gran Bretaña. Aquí, en tanto, podría hablarse de un reducto espiritual donde se fundamenta la unidad cultural celta, pues estaban situados los «colegios» donde se formaban los druidas. Por lo tanto, es en Irlanda, Escocia y el País de Gales donde podemos encontrar la cultura celta en estado más puro, aun teniendo en cuenta el sincretismo, la mezcla inevitable ante las invasiones sajonas y el elemento cristiano. En Irlanda, específicamente, la mitología y el ciclo histórico se han conservado más casi intactos. Hasta existen allí cierta cronología de los sucesivos invasores y una memoria viva de los pobladores originales. Es significativo, además, que los primeros reyes hayan vivido inicialmente en Irlanda. Los héroes y dioses que llegaron hasta nosotros son del ciclo mitológico irlandés. Lo mismo ocurre con la mayor parte de los personajes del mundo feérico. Se podría deducir que esto ha ocurrido por la posición que tenían los druidas en la sociedad insular donde, según las fuentes, eran solamente sacerdotes y magos y no ejercían poder político alguno. Esa consagración a sus ocupaciones menos terrenales debe haberlos habilitado para convertirse en memoria viva de su pueblo.


¿Una raza o una cultura?

La organización social en el mundo celta fue tribal. Constituían un pueblo catalogado como bélico entre sus contemporáneos. Los testimonios coinciden en mostrar a los celtas como hombres arrojados, guerreros por excelencia.



Los romanos nos cuentan que:

… producían tal algarabía que imaginábamos a toda la nación celta reunida en aquellas llanuras dispuesta a aplastarnos; todos se hallaban desnudos. Nos parecían muy jóvenes, perfectamente formados y ricamente adornados con toques y brazaletes de oro, además de sus cascos en los que llevaban grandes cuernos.
Tenían escudos, lanzas y espadas cortas. Impresionaban por su extrema blancura.

Respecto de este rasgo, decían los griegos: Aun sucios, eran blancos.

Los celtas luchaban por su tribu, por dinero, por su honor, pero no tenían la más remota idea de patria o nación, más allá de los circunstanciales conglomerados de tribus. Su patria era el paisaje próximo y el que iban a conquistar. Se contentaban con dominar y obtener lo que necesitaban para vivir. Y al atacar alguna otra comunidad, el saqueo era un hábito en ellos común.
Temerarios y de aspecto apabullante, es fama que los celtas eran los mejores mercenarios del ejercito romano. Pero no poseían la idea de imperio. Rebeldes, se negaban a ser sojuzgados, pero tampoco sabían sojuzgar con permanencia ni les interesaba. En el año 410 a. C, por ejemplo, los celtas llegaron a tomar Roma, y se limitaron a pedir un rescate en oro.
También intentaron el saqueo del oráculo de Delfos. Nos cuenta Pausanias que los celtas, al mando de Brennos, invadieron Grecia, y anota:

Combaten con la desesperación del jabalí mal herido, que aun cubierto de saetas sigue buscando a su asesino (…), pero llegan a más, pues si se les ha clavado una lanza, que a otro le hubiera forzado a permanecer en el suelo aullando de dolor, ellos la arrancan desu cuerpo y con la misma arremeten contra sus rivales (…). La ciega cólera jamás les abandona si todavía tienen fuerzas. Los he visto incorporarse en la agonía, intentar seguir peleando y, luego, morir de pie.

La derrota en el campo de batalla era la mayor humillación. El mencionado Brennos se suicidó ingiriendo gran cantidad de vino puro ante la derrota en Delfos.
Pero aquellos guerreros que no temían a los humanos, siempre retrocedían ante un cataclismo. Un fenómeno natural o una peste interpuestos en su camino tenían más poder persuasivo que un poderoso ejército. Por una peste dejaron Roma. Y por un terremoto y una crisis de frío abandonaron Delfos.



Estamos entonces más ante una cultura que ante una raza. Los celtas constituyeron un pueblo que, adaptándose al lugar de residencia y al sustrato indígena, tuvieron un bagaje cultural común.
Veremos que dentro de la diversidad impuesta por la geografía, los celtas nacían y vivían tratando a la naturaleza de «tú». Vivían en ella y con ella, siguiendo el ritmo de las cosas. No había oposición entre el hombre y la naturaleza. Y a ésta la experimentaban emocional y dinámicamente.

Los celtas compartían con los pueblos más antiguos el concepto de que el mundo no es inanimado, ni vacío, sino lleno de una vida que se individualiza tanto en el hombre como en los animales, en la vegetación o en los fenómenos atmosféricos. Siempre es vida que se enfrenta a la vida y, a partir de allí, se cimenta entre la naturaleza y el hombre una relación recíproca, donde aquélla le revela todas las respuestas.
De esta fervorosa relación podemos entrever el anhelo legado a través de los siglos a sus descendientes; el deseo de ser como la naturaleza, irremediablemente libres.

Un poco de historia

Las fuentes arqueológicas dividen las primeras fases de la cultura celta en los períodos de Hallstatt (700/500 a. C.) y La Téne (500 a. C. – 1 d. C.) Estos nombres pertenecen a dos poblaciones, una austríaca y la otra suiza, donde se han encontrado muchos objetos pertenecientes a esta cultura.
Pero ya en 1600 a. C. se estableció una colonia celta en Massilia, actual Marsella, que comerciaba con el resto de los países mediterráneos. Procedían de Asia y habían sido miembros del pueblo indogermánico que se estableció en Europa en el siglo XX a. C.
Los celtas de Hallstatt descubrieron el hierro, de allí que lograran riquezas y poder. Evidentemente, el hierro es un metal privilegiado en relación con el que utilizaban sus ancestros de la edad de bronce. De allí su superioridad en las armas, instrumentos cortantes, vasijas y utensilios de todas clases. Como poseedores del hierro, pudieron generar también más riquezas. Sus nuevas tecnologías y artículos se difundieron por toda Europa, provocando los consecuentes avances culturales.



Los celtas de La Téne fueron un apasionado pueblo que recorrió toda Europa. Vencieron a los etruscos (con quienes antes habían comerciado, al igual que con los griegos) debido a su mayor poderío militar, pues poseían carros de guerra que tenían dos ruedas con llantas de hierro. Se establecieron en la Península Itálica, en diversas partes de Grecia, en Asia Menor, en la Península Ibérica y hasta en las Islas Británicas. Por su furor y pasión para la guerra, los demás pueblos les temían, pero a pesar de ello los admiraban por su habilidad técnica y su pasión por aprender.

Península Ibérica. Llegaron alrededor de los siglos VII y VI a. C, a través de los pasos al oeste de los Pirineos. Dejaron en Galicia y Asturias restos arqueológicos, joyas, dólmenes y otras construcciones de piedra. Y sobre todo la gaita, cuyo reinado se extendió hasta Escocia.

Irlanda. Habría una primera invasión del continente alrededor del 1000 a. C. En el 305 a. C. llegaron a Irlanda a través de Bretaña. Aparentemente, estos celtas eran en su mayoría ibéricos. William Gandem y otros estudiosos ingleses dicen que llegaron desde Inglaterra, como paso intermedio desde Francia. Los irlandeses sostienen otras teorías, pero aquí juegan los orgullos nativos y cada uno lleva agua para su molino.

Galia. Una rama de los celtas se asentó en la Galia. Poco antes del nacimiento de Cristo, Julio César los venció. Allí doblegaron a Vercingetórix, en el 52 a. C, con la caída de Alesia. Los romanos llevaron a cabo incursiones sanguinarias, como la que condujo al triunfo sobre el oppidum (pueblo galo, para los latinos), de Avaricum.

Pero ya en el siglo III, el poder celta había comenzado a desmoronarse, cuando un ejército de celtas de Galia fue derrotado en Telamón, al norte de Roma. Aún faltarían 200 años para que César los conquistara y casi otros 100 antes de que una gran parte de Gran Bretaña quedara incorporada al Imperio Romano. Pero no doblegaron del todo a Irlanda ni a la mayor parte de Escocia. En éstas, así como el País de Gales y la Isla de Man, la cultura celta siguió existiendo, conservando su arte, su religión y su idioma.

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