domingo, 22 de diciembre de 2013

LEYENDA: AQUELARRES EN LA CUEVA EN LA CUEVA DE SAN IGNASIO DE LOYOLA ( DE MEXICO: GUANAJUATO)

San Ignacio de Loyola, fundador de la orden de los jesuitas, fue patrono de este lugar antes de ser canonizado allí a principitos del siglo XVII.
Una vez declarado santo por la iglesia, con mayor razón, de modo que se organizan festejos en su día. A este santo consagraron  las dos grutas o cuevas que hay en el cerro de la bufa. La cueva vieja que se halla  detrás de ese peñón y la nueva que cada año frecuenta la gente, el 31 de Julio, constituyendo la más típica romería que tiene esta población. 
Casi desde la fecha a que se refiere se dirigieron oficios religiosos en dicha cueva, no se sabe por cuanto tiempo, pues allí hay una imagen de santo pringada en la roca. 
Vino luego el olvido que bien aprovecho un grupo de hechiceros para realizar ahí sus cabalísticas reuniones, especialmente la noche del día 30 para amanecer  el 31. Y no fueron simples reuniones, sino misas negras (verdaderos aquelarres).
Hechiceros y brujos, gente que dicen que esta en intima relación con el demonio y todos los poderes de averno, llegan a Guanajuato desde la víspera del día de San Ignacio, trayendo consigo con más cuidado que sus alimentos y ropas para pasar la noche, orejas y alas de murciélago, picos y patas de tecolote, colas de zorrillo, espinas de huizache, ojos de venado, uñas de gato montes, cueros de camaleón, zurrones y dientes de vigora, hierbas que tienen mil usos en brujería, muñecos de trapo y de cera claveteados de alfileres, cabos de cirios que alumbraron algún cadáver y muchas cosas más de superchería.
No faltaron por supuesto, las conchas de armadillo, flautas de carrizo y un tamborcillo, instrumentos favoritos sin los cueles no podría celebrarse estas misas diabólicas, a una de las cuales se referirá.

Aproximadamente a las diez de la noche, cuando ya estaban reunidos, el oficiante mayor apareció solo con una camisa verde, y unos calzones negros hasta la rodilla. En la mano derecha llevaba una vela encendida y en la izquierda una lagartija viva, que se retorcía frenéticamente.




Dos ayudantes le seguían tocando la flauta, y detrás de estos, otros dos con conchas. Así en formación marcharon describiendo círculos. El principal de ellos levantó en alto la vela he hizo un ademan de adentrarse la lagartija a la boca,  sentados en el suelo, formando un semicírculo, todos los presentes, a manera de oyentes: casi todos sin rasurar, los cabellos hirsutos, algunos semblantes pálidos, rojizos o amarillentos otros (sin distinguirse si estaban pintados o no) pues en el interior había muy poca luz  la que provenía de la vela y la que entraba por la boca de la cueva, que no era sino el pálido reflejo exterior de la luna.
Mientras el sacerdote, musitaba frases inteligible que le contestan los  que están sentados, a intervalos se escuchaban los cánticos de otros más que se hallan de pie e la puerta a manera de vigilantes.

Así transcurrió aproximadamente una hora o poco más. De portó se hoyo un ruido extraño, como relincho de bestias en celo y luego un zumbido semejante al que parodie una tabla atada al cordel con que juegan los niños haciéndola girar con violencia. Las flautas exhalaron una tonada más fuerte del tamborcillo salió un redoble  como en el circo cuando se presenta el número de mayor riesgo.

Aullando, de un salto cayó en el centro de la cueva una mujer alta y corpulenta, descalza, sin más ropa que una blusa roja que apenas le cubría el busto y una faldeta holgada que le llegaba a la mitad de los muslos. Los que estaban de pie al muro para dejar espacio a la posesa que inicio una danza lenta, al compás monótono  de esta música ritual. Sus movimientos se hicieron más ágiles  hasta confundiese con los saltos que diera un demente en el paroxismo de la furia. Giraba y gritaba al mismo tiempo, como si el cuerpo estuviera recibiendo una fuerte corriente eléctrica. Sus ademanes eran realmente grotescos, inverosímiles pero sujetos rigurosamente al ritmo de las flautas u de las conchas. Su boca semiabierta mostraba dos hileras de dientes increíblemente blancos y por la frente hasta el cuellos se le veía transpirar de agotamiento.

El oficiante rescindió varias velas que coloco sobre un cajón que hacia las veces de altas, al centro de cual ardían un bracerillo que despedía  los humos de varias hierbas o resinas que saturaban fétidamente el ambiente. La "danza" de la mujer que era la diosa en esas ceremonias tomo tales escasos como una condenada en vida. Sus anchas y voluminosas caderas ascendían a alturas inconcebibles o descendía hasta cae tocas el suelo  o bien iban y venían de un  lado a otro para luego describir un movimiento concéntrico.

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