miércoles, 25 de abril de 2012

INICIACIÓN A LA LITERATURA GRIEGA

INTRODUCCIÓN

La belleza del arte / que a los hombres el mundo / muestra bajo la luz de la transfiguración / potenció a menudo el valor de las cosas / y presentó lo increíble / como creíble. / Mas la posteridad es juez infalible.

PÍNDARO, Olímpicas I, 30 y sig.

GRECIA Y EUROPA

Al emplear los nombres griegos épica, lírica y dramática para nuestros géneros literarios modernos, muéstrase ya, en tales denominaciones, la influencia básica ejercida por los helenos en nuestros conceptos literarios. Ampliemos esta observación a todos los dominios de la vida, de la «teoría» a la «práctica», de la «Teología» y la «Filosofía» a la «técnica —vocablos todos ellos extranjeros, de origen griego— y tendremos de una vez una visión clara de la enorme significación de la Grecia antigua para todas las épocas ulteriores, hasta llegar a nuestra vida moderna, con la particularidad, además, de que no sólo hemos recibido las palabras sino también los conceptos y, con éstos, los modos correspondientes de pensar. A decir verdad, la lengua es aquí sólo la pauta exterior y visible, algo así como la aguja en el cuadrante, que registra para nosotros nexos mucho más profundos. Es significativo el hecho de que la epopeya, la lírica, la dramática y la retórica no aparecieran al mismo tiempo sino sucesivamente: cada uno de estos géneros representa un modo totalmente peculiar de acomodarse al mundo y a la propia interioridad. La historia de la literatura es, al propio tiempo, una explanación del desenvolvimiento humano. La cuestión de cómo el pensamiento griego consiguió dar el paso decisivo al otro lado de la frontera donde cesa la oscura sumisión religiosa, la increíble sujeción a las representaciones míticas, y se inicia el descubrimiento del alma, de la personalidad, ejercitándose el pensar lógico que elige sin trabas sus propios objetivos y, por lo mismo, el goce de la libre investigación, sólo podrá ponerse en claro de una manera conveniente en el curso de los próximos capítulos. Tarea principal de este libro será mostrar, con pocas palabras, que la Antigüedad no es un pasado muerto —una época no «muere» como un ser humano; una época se desborda trascendiendo a otros tiempos— sino que conserva la virtud de obrar sobre nosotros, inspirándonos y vivificándonos. Cuestiones tales como el valor de la democracia, el problema de las generaciones y el puesto del hombre en el cosmos, es decir, problemas que nos son plenamente familiares y actuales, son tratados en la literatura griega con una originalidad e imparcialidad tales, que nos salen al paso en cierto modo como problemas primarios, para los que hay que buscar una y otra vez renovadas soluciones. Muchos de nuestros logros, sólo modernos en apariencia, como la teoría de la evolución, la hipnosis, la construcción de máquinas, el tráfico de viajeros, las guías de viaje, etc., tienen su origen, en última instancia, en un descubrimiento griego, de suerte que con frecuencia no hacemos otra cosa que repensar, ampliando o revalorizando aquello que los antiguos pensaron de antemano para nosotros. El tema propiamente  tal, se ha dado con reiteración; nosotros nos limitaremos ahora a introducir en él algunas nuevas variantes.

INFLUENCIA DEL FACTOR GEOGRÁFICO Y SOCIAL EN LA OBRA LITERARIA DE LOS GRIEGOS

Un problema que se plantea cada nueva generación es el de las causas e impulsos que, en el curso de pocos siglos, capacitaron al pueblo griego para las más altas realizaciones intelectuales y artísticas. é Radican tales causas e impulsos en las particulares disposiciones de los helenos, en las circunstancias favorables de los tiempos, en el mundo circundante, en las características del país o hay que buscarlas en la feliz conjunción de todos estos factores? A tales problemas no se les puede encontrar una solución válida de tipo general, con lo cual no resta otro recurso que considerar, atenta y escrupulosamente, el total complejo problemático como otro misterio insondable y en última instancia insoluble.
Sin embargo, cabe señalar que toda obra creadora importante requiere una cierta disposición espiritual, una tensión interna o externa. No es ningún azar el que las grandes culturas antiguas, como la egipcia o la sumeria, no hayan aparecido en tierras tropicales o subtropicales, donde el hombre lo consigue todo sin esfuerzo, sino en países pobres o poco fértiles donde el hombre, sabiéndose en conflicto con la naturaleza, tiene que arrancar penosamente al suelo sus productos mediante un trabajo organizado conforme a un plan. De esta manera, en su adaptación al mundo en torno, se ve forzado a poner a contribución sus potencias creadoras.


En los griegos de la época arcaica ¿residía acaso la mentada tensión en el antagonismo existente entre los inmigrantes indogermánicos y la mediterránea cultura cretense que gozaba de un alto grado de desarrollo? ¿No ejerció en tal sentido una influencia el mar, con sus profundos y recortados golfos, con sus salientes penínsulas, el mar que separa y une (1) a un tiempo? ¿No constituye, principalmente en el grupo insular egeo, un característico campo de tensiones la asociación de la proximidad terrestre y la lejanía azul marina? Tales cuestiones se plantean mejor que se solucionan. En todo caso, un factor constitutivo de tensiones es la estructura extraordinariamente montañosa del suelo, la cual divide el país en una serie de regiones relativamente incomunicadas entre sí: habitaciones sin pasillos o sólo con minúsculas puertas.
Gracias a esta mutua incomunicación, las tribus griegas pudieron desarrollar sus peculiares características regionales; consecuencia de aquélla fue un marcado y sólido patriotismo local, que se acentuó todavía más por obra del sistema político griego (polis significa tanto «ciudad» como «estado»); cada ciudad griega tenía su propia moneda y, con frecuencia, un sistema distinto de pesas y medidas. La vecindad era ya «extranjero». Para el suizo, dicho particularismo no es nada nuevo. Pero mientras en Suiza queda acentuado por la organización política confederativa y, al propio tiempo, puesto al servicio del todo, para los griegos significaba, a la par, afianzamiento y peligro: el fraccionamiento regional mueve y aun obliga al acuerdo, pero a veces imposibilita la unión en un todo. En definitiva, la Grecia antigua naufragó políticamente por su incapacidad de unión (recuérdese su dependencia de Macedonia).

Otro factor constitutivo de tensiones, sin el cual habría sido imposible el desenvolvimiento de la cultura griega, es el principio agonístico —principio de rivalidad— que abarca todos los dominios de la vida (es significativo que el griego agon, que equivale a «rivalidad», denote también «litigio»). Este principio se cumple en los juegos griegos en común, en las representaciones dramáticas, en el Gymnasion (2), en la Palaistra (3) y en la judicatura. Puede decirse, sin exageración, que el griego, hasta cierto punto, concebía la vida entera deportivamente. Los griegos se comparan y se miden con el prójimo y esto les estimula al máximo rendimiento.  Este principio de  la rivalidad, vigente en los primeros tiempos en los círculos aristocráticos —«ser siempre el primero y procurar adelantar a los demás» (Ilíada, libro 6, 208)— se extiende después a todas las capas de la sociedad y encuentra su expresión en las competiciones deportivas y musicales que se celebran cada cuatro años: las olimpíadas (1) (en Olimpia), las pitias (en Delfos —de índole especialmente musical), las ístmicas (en el istmo de Corinto) y las nemeas (en el Peloponeso).
Sin estos juegos y la vida deportiva —que había de ejercer una influencia nada desdeñable en las artes plásticas— apenas podríamos formarnos una ideal cabal de Grecia, aun cuando el deporte —lo mismo que hoy— degenera a menudo en profesionalismo y superlativa valoración de la fuerza muscular.



1 En Grecia une también, pues son muchas las regiones a las cuales se llega más fácilmente por vía marítima que por tierra. 2 Escuela de deportes. 3 Escuela de lucha, campo de lucha.



FORMA LITERARIA Y MÉTRICA. IMPORTANCIA DE LOS DIALECTOS GRIEGOS

Nos impresiona hasta el asombro el hecho de que cada género literario griego se nos presente, no sólo con su métrica propia (tratándose de poesía), sino también con su peculiar dialecto. El verso épico es el hexámetro que más adelante se emplea asimismo en la llamada poesía didáctica. El hexámetro y el pentámetro constituyen juntos el dístico, que presenta la forma de elegía. Parece que la elegía fue, en su origen, un planto lírico con acompañamiento de flauta; más adelante, la forma elegíaca se empleó también en poemas de contenido diferente, por ejemplo el desafío (el poeta Tirteo), la reflexión política (Solón) y la filosofía práctica (Teognis). El metro elegíaco lo encontramos igualmente en la poesía erótica (por ejemplo, en los romanos Propercio y Tíbulo, de la época de Augusto). También el epigrama se sirvió del dístico. Como indica su nombre, el epigrama no era al principio más que una inscripción de las ofrendas sagradas, tumbas, etc., pero más tarde se convirtió pronto en un género literario propiamente tal, que, en forma breve
y aguda, daba expresión a pensamientos de varia índole, como crítica literaria, sátira, etc. (Maestros del epigrama fueron Simónides, autor del famoso epigrama a la muerte de los espartanos de las Termópilas y el alejandrino Calímaco, 310-240 a. de C. aproximadamente).

Los ritmos de la lírica, de la lírica coral y los cantos corales del drama presentan una gran variedad y son en extremo complicados. El verso coloquial del drama es el trímetro yámbico; el yambo era originariamente el verso de la sátira (Arquíloco de Paros, hacia 65o a. de C.). La mayor parte de los géneros literarios tienen no sólo su propio metro, sino también su dialecto peculiar. Imagínese, a modo de comparación, una literatura alemana en la que la epopeya se hubiese escrito en bernés, la sátira en dialecto basileo y el canto báquico en bávaro. Nuestros estudiantes de enseñanza media no estudian «griego» en sí, sino un dialecto griego: el ático. Imaginémonos una región idiomática que, como Suiza, esté dividida en numerosas zonas lingüísticas, cuyos pobladores no siempre se entienden fácilmente y tendremos una representación aproximada de la efectiva situación lingüística de la antigua Grecia.

El ático se hablaba en la península de Ática y especialmente en la gran ciudad de Atenas. En dialecto ático escriben sus tragedias y comedias los dramaturgos como Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes (excepto el canto coral que es dórico), en ático hablan oradores como Demóstenes y Lisias; del idioma ático se sirven los grandes pensadores Platón y Aristóteles, así como los historiadores Tucídides y Jenofonte. Estrechamente emparentado con el ático es el dialecto jónico que se hablaba en Eubea, las Cícladas y en la región central de la costa occidental de Asia Menor. En dialecto jónico arcaico (con algunas formas y palabras aisladas eólicas) se escribieron los poemas épicos homéricos Ilíada y Odisea, y en jónico escribió también Herodoto su obra histórica; el mismo dialecto lo pus Hippocraticum. El dórico se hablaba en algunas regiones de la Grecia Central, en todo el Peloponeso, excepto la montañosa Arcadia, en la costa suroccidental de Asia Menor, en algunas ciudades de Sicilia y de Italia Meridional. Los cantos corales del drama se escribieron en dórico estilizado. La zona del dialecto eólico se extendía por el norte de Grecia, la  isla de Lesbos y la costa noroeste de Asia Menor; se sirvieron de este dialecto los poetas lésbicos Safo y Alceo. Con el eólico se relacionaba el dialecto beocio un tanto amazacotado, algo así como
el «alemán bernés de la Grecia antigua».
Después de las expediciones de Alejandro el Grande, en la época helenística, convivían, en las grandes ciudades de nueva creación, griegos de toda procedencia, y desaparecieron los dialectos para ceder el paso al koine, lengua griega común, que, como hoy el inglés, se convierte en lengua universal de la que se sirven los no griegos, como judíos, egipcios y romanos. Hoy podemos (y tenemos) que constatar hasta qué punto nuestras grandes ciudades modernas ofician también de crisoles de fusión lingüística. El Nuevo Testamento está redactado en koine. Del koine salió, en la Edad Media, el bizantino medieval, que contenía gran cantidad de vocablos latinos, pues Bizancio (Constantinopla) era la capital del Imperio Romano Oriental. El bizantino vino a constituir la base del griego moderno actual. En rigor, no hay una sino dos lenguas griegas modernas que coexisten una junto a la otra: la pura o literaria y la popular. La lengua literaria está ampliamente basada en el léxico griego antiguo; quien domina el griego antiguo está en situación de poder leer pasablemente un periódico griego actual. En cambio, le será difícil su comunicación verbal con el pueblo, puesla lengua vulgar se basa en un vocabulario que con frecuencia se diferencia mucho del griego antiguo; además, la pronunciación del griego moderno se aparta considerablemente de la del griego antiguo.


1 Presunto comienzo de las olimpíadas: 776 a. de J. C. Cese de las mismas 393 d. de J. C., por orden del emperador



LA TRANSMISIÓN DE LA LITERATURA ANTIGUA

¿Cómo llegaron hasta nosotros los autores griegos y romanos?

Pensemos en un hallazgo arqueológico, por ejemplo, una vasija o una estatua. Aquí, las circunstancias de la transmisión son sencillas: bajo tierra, en unas ruinas o en el fondo del mar, el objeto puede haberse conservado más o menos intacto. Las cosas ocurren de otro modo cuando se trata de obras literarias. Las necesidades de una gran masa de lectores y lo poco resistente del material empleado, imponían incontables copias de una misma obra. Ya estas copias, a través de varias generaciones, representaban en cierto modo una fuente de errores. Los materiales de escritura de los tiempos antiguos eran pieles de animales preparadas (diphtera, una especie de pergamino), tablas de arcilla, cera y, más adelante, papiro, importado principalmente de Egipto. Dice la leyenda que cuando Alejandría se enemistó con Pérgamo y cortó la exportación de papiro, los habitantes de esta ciudad se esforzaron en obtener un nuevo material para la escritura y descubrieron el pergamino, nombre derivado del de la ciudad en que tuvo su origen. Mientras los «libros» hechos con papiro eran propiamente rollos; que se desarrollaban al leerlos y que, para su mejor conservación, se envolvían en un palo, las hojas de pergamino se colocaban entre dos cubiertas de madera, con lo cual se originó la forma primitiva de nuestro libro actual. Los editores y libreros antiguos (como Ático, amigo de Cicerón) poseían  talleres especiales con esclavos propios que hacían copias de las obras originales. La biblioteca más importante de la Antigüedad se encontraba en Alejandría y contaba con unos 700.000 «volúmenes».

El hecho de que dicha biblioteca fuese consumida por las llamas durante la guerra civil romana (47 a. d. C.) y que lo que de ella quedó fuese destruido en la era cristiana, representó una pérdida irreparable para el conocimiento de la Antigüedad. El siglo sexto después de Cristo fue decisivo para la suerte de la literatura antigua. En los primeros tiempos, después de la invasión de los bárbaros, el interés por la literatura antigua fue muy escaso entre el término medio de la población. Eran sobre todo los círculos eclesiásticos los que disponían de la formación necesaria para seguir cultivando la literatura. ¿Qué habría ocurrido si los monjes de Occidente se hubiesen entregado a una vida contemplativa como los de Siria y Egipto?
En Occidente, tomaron la iniciativa sobre todo Casiodoro, jefe de la cancillería del rey godo Teodorico, y Benito de Nursia. Parece un símbolo de la historia el hecho de que, en el mismo año en que en Oriente se cerraba la Academia platónica (529), Benito fundara su abadía de Monte  Cassino: una especie de relevo de la guardia de la cultura antigua por la cristiana.


Benito y Casiodoro se convirtieron en salvadores y custodios de la cultura antigua, al recomendar a los monjes, junto a los trabajos físicos, la dedicación a la cultura antigua y, sobre todo, la copia de obras literarias. Así fue como los escritos de los autores antiguos fueron conservados para nosotros, principalmente en forma de manuscritos medievales. Un manuscrito de esta clase se llama Codex (plural: codices). Algunos códices contienen un escrito doble: el texto original antiguo fue borrado y encima se escribió otro nuevo, las más de las veces de contenido religioso. Mediante la radioscopia puede hacerse visible el texto primitivo. Un manuscrito de escrito doble del tipo indicado recibe el nombre de palimpsesto. Como sea que los manuscritos aislados, a con- secuencia de errores de copia o interpolaciones y tachaduras ulteriores, presentan distintas versiones, el filólogo intenta reconstruir el llamado arquetipo, basándose en las faltas y divergencias que se repiten, labor parecida, dicho sea de paso, a la que tiene que desarrollar el profesor, que, al corregir trabajos escritos, quiere averiguar el origen y la difusión de las palabras y giros copiados. Otras cuestiones, como las relativas a la forma y a la crítica de los textos, no entran en el marco de nuestra introducción. Unos pocos manuscritos proceden de las postrimerías de la Antigüedad; además, se han conservado en condiciones favorables toda una serie de papiros literarios de Egipto. Los griegos y romanos no conocieron al principio más que las letras mayúsculas; las minúsculas no aparecieron hasta épocas ulteriores con la letra cursiva. Como es natural, con el advenimiento de la imprenta, en el siglo XV, termina paulatinamente la actividad de los copistas.

En tiempos de Petrarca (1304-1374), se origina en Italia el Humanismo, movimiento que, en oposición a la Alta Edad Media, busca un nuevo y más profundo contacto con los escritos de la Antigüedad. Resuena entonces el grito de ad fontes (¡Vuelta a los orígenes!) Se empiezan a estudiar antiguos manuscritos largo tiempo olvidados; los escritores antiguos son reeditados y comentados y, sobre todo, en oposición al latín medieval («latín de convento»), se concentran los esfuerzos en la restauración de un estilo de escritura clásica. Cicerón es el autor admirado y constituye un timbre de honor escribir un latín de máxima calidad ciceroniana. Al intentar cumplir tal empeño, algunos humanistas rozaron a menudo los límites del ridículo, cuando, por ejemplo, evitaban, meticulosos, determinadas formas latinas que (¡casualmente!) no aparecían en Cicerón. La conquista de Bizancio por los turcos (1453) dio un considerable impulso a la renovación en Europa de los estudios de literatura griega. Numerosos sabios huyeron a Occidente y encontraron una nueva patria en Italia,  donde transmitieron a los humanistas sus conocimientos de la Grecia antigua: ¡Uno de los raros casos en que una guerra puede tener benéficas consecuencias!

BREVES INDICACIONES ACERCA DE LA LECTURA DE LA POESÍA ANTIGUA

Todos los tipos de obras de arte suponen una contemplación o audición correctas. Una estatua del Renacimiento no puede ser contemplada con los mismos ojos que una pintura moderna abstracta; un fragmento musical moderno requiere una audición diferente de la de una suite barroca. Lo mismo puede decirse de la lectura correcta. Un libro antiguo no se puede leer, o tal vez devorar, como una novela moderna. El interés, la vida y la belleza, no se revelan siempre a la primera mirada, sino que, con frecuencia, hay que extraerlos de entre las líneas con determinado esfuerzo. Y esto requiere un modo de lectura intensiva, no extensiva. Una obra lírica griega o una oda de Horacio no se nos impone a menudo, en toda su belleza, más que después de dos o tres lecturas. Cada palabra tiene que ser sopesada, aprehendida en su exacto matiz significativo, relacionada con el texto que le precede o el que le sigue. De ahí que debamos aproximarnos a cada género literario de una forma distinta.

No debe silenciarse que nosotros, lectores modernos, tenemos que contar con grandes dificultades en nuestro trato con los escritos antiguos. En primer lugar, el autor antiguo no se dirige a nosotros, modernos, sino a un público que vivió dos mil años o más antes que nosotros, a unos hombres de concepciones éticas y estéticas que, en muchos aspectos, son radicalmente distintas de las nuestras. En segundo lugar, en la Antigüedad se solía leer también para sí en alta voz, con lo cual el sonido y el ritmo adquirieron una significación especial. En tales cosas hemos de atribuir a los antiguos un oído excepcionalmente fino y educado. Los citados componentes —sonido y ritmo— no sólo desaparecen en la lectura de los textos traducidos, sino también en la de los Originales, dado que estamos demasiado poco orientados acerca de la pronunciación de las palabras aisladas y del ritmo de la frase, pues los griegos hablaban con un acento completamente distinto del nuestro.

La primera dificultad citada, la enorme distancia temporal, puede convertirse en una fuente de los goces más puros si adoptamos, para ello, una postura conveniente. Para toda obra literaria antigua hay que tener dispuestas, por decirlo así, dos antenas: una para lo que el hombre tiene de universal y siempre idéntico, y que destaca tanto más clara y naturalmente cuanto mayor es la divergencia de las épocas, y otra para lo extraño y dispar. Para la comprensión de la poesía griega y latina importa, asimismo, conocer las relaciones entre la forma de una obra antigua y la misión a la cual ésta se destina: el poeta antiguo no es nunca exclusivamente artista en El sentido moderno, sino que, ante todo, pretende ser maestro y educador de su pueblo. Aparte las ideas literarias de los alejandrinos y neotéricos, el concepto de arte puro es extraño a la Antigüedad. En la Edad Antigua el arte y la vida práctica están vinculados de una forma y manera que, a veces, resulta absurdo para nuestra sensibilidad. Así, los atenienses confiaron al trágico Sófocles un alto mando militar basándose exclusivamente en sus logros poéticos.

El aforismo griego «conócete a ti mismo», que el visitante leía en el templo de Apolo, en Delfos, rige en cierta medida para todo esfuerzo de comprensión de la literatura antigua. Consideramos ésta como espejo en el cual nos sale al encuentro la imagen de nuestra propia época, unas veces de un modo claro y familiar, otras de manera extraña y deformada, pero, tal vez, por lo mismo, no menos verídica.

FUENTE: H. A. Forster, L i t e r a t u r a  d e  l a  a n t i g ü e d a d  c l á s i c a

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